
Toli Hernández
Este texto fue leído en el Seminario “Mujeres” en el Movimiento Social, organizado por la Red Chilena contra la Violencia. Pronto aparecerá en una compilación de ese trabajo que esta organización realizará. Agradecemos la invitación.
Ideas sin Género[1]
Inicio esta intervención con un ejercicio que por lo general realizamos en los talleres u otras presentaciones de Ideas sin Género. Esto, porque creo que potencia la comprensión de las reflexiones que desarrollamos en nuestro grupo y que son las que dirigen los sentidos que compartiré con ustedes en este Seminario.
Imaginen a una persona homosexual. ¿Cómo es? ¿Qué ropa usa? ¿Qué hace?
Respondan ahora:
¿Quiénes se lo imaginaron pobre? ¿Quiénes de ustedes se lo imaginaron indígena?, ¿Quiénes imaginaron a una lesbiana?
Por lo general ocurre que cuando realizamos este ejercicio la imagen que las personas recuperan se vincula a un sujeto gay burgués, blanco, occidental. Esta imagen constituye al sujeto hegemónico de la diversidad sexual. Esto nos informa sobre la selección cultural de la imagen que ilumina la reproducción de la importancia de la masculinidad hegemónica y su relación con la clase, la raza, el género.
Recorrer la muerte de Daniel Zamudio sostiene lo indicado, pues nos permite advertir el interés por hacer concordar su imagen con las características que son valoradas por la cultura. Así yo misma escribí para el portal web Mansa Guman[2]:
“Daniel posee un carácter de ángel –no son pocos los favores que se le solicitan–, que es la síntesis de un proceso de limpieza a full que borró a “la loca” , a la que se vestía de Britney Spears mientras soñaba con ser modelo. Al Dani se le vistió con características que son valoradas por la cultura pa’ generar una mejor negociación con los imaginarios simbólicos dominantes. Así “el recorrido político y periodístico relevaban más sus ganas de surgir en la vida, de ser padre, de ser un buen trabajador (¡si hasta el jefe lo quería!) En fin, coherencias con las cualidades que el sistema valora”
Lo indicado informa sobre cómo se afirma una identidad subordinada –que en el caso de Daniel expresa explícitamente opresión por género (era gay) y clase (era pobre) al alero de una identidad dominante. Cabe preguntarse ¿Qué se transforma de este modo?
Que la selección de la imagen del sujeto de la diversidad sexual invoque mayoritariamente a un gay con determinadas características alude a prácticas que han ocultado otras voces. Esto implica conflictos que han detonado la escisión permanente de lesbianas de estos grupos en Latinoamérica (Mogrovejo, 2002; Belucci, Rapisardi, 2006). Enfatizo que dicha dinámica ha gestado la subrepresentación de la voz lesbiana en las políticas de la diversidad sexual, lo que ha tenido consecuencias directas en la noción de ciudadanía que se moviliza en la escena nacional.
Vale puntualizar que homologo la noción de diversidad sexual al movimiento LTGBI. Bajo lo indicado planteo que el pluralismo de sus discursos se ve inhibido, pues emerge la tensión entre las demandas que éste moviliza y a quienes dice representar. De esta forma la subrepresentación de la voz lesbiana -en un marco de correlación de fuerzas- gesta que sean las demandas de gays las que son movilizadas.
Una principal tensión de la noción de ciudadanía es la expresión del pluralismo. De esto dos cosas me preocupan. La primera es que en el marco LTGBI se esté facilitando- siguiendo lo indicado sobre Zamudio- que el sujeto político sea construido en clave hétero, por no problematizar la obligatoriedad heterosexual. La segunda preocupación vinculada a la primera es que en el marco de sus procesos de incidencia política se instalen demandas que apoyan la preservación de un modelo al cual no se le disputan –siguiendo a Nancy Fraser (1997)- los sistemas de representación, de interpretación y de comunicación, dejando las relaciones de dominación en el mismo lugar.
Lo señalado surge desde la obstrucción del pluralismo radical, ese que busca en la raíz las causas de la exclusión. De este modo expongo que la mayoría, sino todas las demandas de la diversidad sexual, se ocupan más bien de las consecuencias que provoca la injusticia, dejando intactas las estructuras que la sostienen. Así, a modo de ejemplo, puedo demandar casarme y lograrlo, puedo lograr una legítima –y agrego necesaria para este modelo- identidad de género y establecer coherencia entre mi nombre social y mi sexo biológico, pero ni en la primera que asume un estamento de la heterosexualidad obligatoria, ni en la segunda que preserva representaciones asociadas al dimorfismo sexual que sustenta la heterosexualidad, se cuestiona su carácter de institución. Este escenario nos demanda –enfatizo- visualizar los límites de las construcciones políticas que realizamos. Implica, vale resaltar, su imbricación con otras variables de opresión.
Lo indicado –es importante decirlo- no sólo atañe a lesbianas. En tiempos de convergencia, de convocatorias a Asambleas de todo tipo me parece que son temas de total relevancia. Si no analizamos las formas en que superamos la reproducción de los imaginarios simbólicos nos encontramos con algunos posibles escenarios que merecen nuestra atención. Relevo el de la alianza que el movimiento social forje con las políticas LTGBI por el efecto naturalizante que se vislumbra en su sujeto hegemónico.
Enfatizo que no promuevo un discurso de odio hacia el movimiento LTGBI con el cual tengo vínculos políticos. Lo que intento es generar un aporte a sus procesos reflexivos y prácticas enunciando su asistencia a la preservación de diferencias. Esto sostiene la falta de solidaridad entre mujeres y lesbianas, entre lesbianas LTGBI y lesbianas que no hacen parte de estos grupos, entre huincas y mapuches, entre el movimiento social con la violencia a “lo femenino”. Con esto aludo a lo que Yuderkis Espinosa (2008) plantea citando a Victoria Sau “la inferiorización de otros individuos que no sean las mujeres(…) lleva aparejada una tarea de feminización que, además no puede ser llevada sin violencia y que pasa por colocar a los feminizados en condiciones iguales o muy semejantes a las de las mujeres…” La loca es un buen ejemplo de lo que indico, así también –siguiendo a Zarco (2009)- la feminización del indígena que el conquistador construyó en oposición a él por ser lampiño o usar el pelo largo, entre otros.
Si no se abordan estas temáticas- que transgreden el ámbito del movimiento LTGBI- lo que hacemos es favorecer la reproducción del modelo patriarcal, es decir, el modelo que construyó las bases para que la mujer hétero blanca y burguesa se relacione desde lugares de dominancia con la indígena, con la negra, cuando -bajo imposición colonial- éstas se transformaron en las Otras de las Otras; el mismo modelo que ha llevado a que mujeres –vía acceso a derechos y siguiendo a Breny Mendoza (2010)- se transformen en torturadoras del sujeto colonizado en el medio oriente con discursos que promueven la liberación de las mujeres.
Lo descrito nos interpela respecto del pluralismo que construimos. Enuncio así la importancia del conflicto. Desde que surge el movimiento homosexual en Chile en los ’90 ha existido una tendencia a ocultarlos. Si bien hubo y existen voces lesbianas que confrontan las demandas políticas LTGBI estas no son suficientes para desestabilizar el camino trazado por el sujeto hegemónico de la diversidad sexual. Los conflictos internos entre lesbianas y gays no gestaron el cuestionamiento de la forma en que se construye la noción de ciudadanía. Así se preserva la tensión entre una sexualidad homosexual que se expresa en masculino/femenino. En el marco del género, todas sabemos lo que ello significa.
Varios de esos conflictos se desatan -en un marco de síntesis- con las denuncias del activismo lesbofeminista de los ’90. Este cuestionó la forma vertical –que reproducía las lógicas de la política partidista patriarcal- con que se tomaban las decisiones. Quizás estas lógicas se ven modificadas con los esfuerzos por ampliar su entramado identitario, sin embargo, esto no debe negarse a ser pensado en relación a cómo es impulsado por los fondos económicos que movilizan las –muchas veces oportunistas y siempre culturalmente limitadas- agendas políticas estatales. La realización de proyectos para lesbianas en donde éstas no existen o no acceden a iguales lugares de poder me inquieta tanto como la negociación LTGBI con estados neoliberales, que han implementado una perspectiva de género que mantiene las bases de la desigualdad. Basta pensar en que muchas de las leyes que se han impulsado en el país fortalecen idearios familiares que ignoran por completo el abordaje de las relaciones de poder adscritas al género. Como plantea Sonia Álvarez esto deja de lado un aspecto central “[…] a la visión feminista sobre las causas y remedios para esta dramática y sistemática violación de derechos humanos de las mujeres” Cabe plantear que para esta noción de “mujer” también aplica lo indicado sobre selección cultural de la imagen.
Vuelvo entonces a la importancia del conflicto. Si no existe hay que dudar, pues puede ser que se haya instalado la dictadura de un sentido común que excluye a toda aquella que se transforme en disidencia. Lo veo en la relación del estado chileno con las indígenas, lo percibo en la relación LTGBI con el estado chileno. Si bien se le confronta, lo indicado llega bajo los sesgos de debates aún no realizados. Las lesbianas a lo largo de LAC han promovido el cuestionamiento a la heterosexualidad obligatoria, han puesto en la mesa de la diversidad sexual el feminismo, han aportado a la lucha en contra del antirracismo, antisexismo, anticapitalismo. Su ruptura con el espacio LTGBI, debilita la presencia de dichas temáticas. Esto facilita la instalación del homogéneo discurso de la igualdad que crea un nosotros iguales y mantiene la exclusión de la diferencia del ellas/lo femenino.
Dicha ausencia –asumo la reiteración- se basa en conflictos que no se han desarrollado en espacios que provean de una posibilidad democrática de enunciación. Siguiendo a Chantal Mouffe- el conflicto se gesta por oposiciones, por antagonismos entre las partes. Es “lo político” eso que nos mueve, que nos moviliza, que se transforma en demanda. Sin conflicto enunciado –agrego- lo que tenemos es política tradicional, representación en crisis, universalidad del sujeto, preservación de la violencia.
Asumir la importancia de “lo político” debe comprender que los conflictos deben ser estimulados –tomo posición- para facilitar una ciudadanía que no reproduzca la violencia que cuestionamos. Los modelos que utilizamos para solucionarlos deben ser mirados y pensados en función de radicalizar la posibilidad de concretar el pluralismo y con ello los principios de libertad e igualdad. Democratizar los espacios para que estos se enuncien es un paso elemental de un proceso de transformación. La historia política lesbiana ha sido habitada por diversos conflictos que también incluyen las relaciones políticas entre nosotras. Lo planteo, para evitar promover una idea victimizante o un ideal romántico de la política lesbiana y para destacar que el conflicto siempre estará presente en nuestras relaciones. De ahí la importancia de pensar en él.
Superar los conflictos que detonan “lo político”, más que nada alude a la superación de la injusticia. No tiene que ver con que todas seamos amigas, sí con el seguir transitando hacia lugares en donde la convergencia, la coalición sea un espacio que considerando las distintas posiciones de las sujetos valore la divergencia y en función de ésta amplíe los alcances de la transformación que promovemos. Esta divergencia me hace pensar en los distintos sistemas de subordinación que nos atraviesan. Desde aquí impulsaré la última parte de mi intervención.
Lo indicado a la fecha se sostiene –planteo- en un debilitado análisis que articule raza, clase, género, para desmantelar las estructuras de poder que afirman las relaciones de dominación/subordinación. Así someramente y a modo de ejemplo, el matrimonio homosexual se transforma en género sin vincularlo a la relación de una clase que desea defender su “capital” patrimonial y sin cuestionar que esto no cambia la ubicación de menoscabo de mujeres, negras o indígenas cuyos patrimonios se constituyen desde la violencia genérica.
Lo anterior enuncia la importancia de conectar los distintos sistemas de subordinación de los cuales somos objeto, para cuestionar el pensamiento único y con ello la racialización y sexualización del trabajo, la heterosexualidad obligatoria, el género.
Bajo esta lógica rescato los debates latinoamericanos en torno a un patrón de poder mundial que se implanta asido a la instalación del capitalismo y a la construcción del género y la raza allí donde antes no existió. María Lugones (2008) describe que antes de la llegada de los españoles existían grupos en donde la mujer y el hombre ocupaban iguales lugares de poder, describe –basada en los estudios de Paula Gunn Allen- la presencia de grupos organizados ginecráticamente, es decir, con base en el poder de la mujer. Así también expone como muchos grupos valoraban lo que hoy conocemos como “homosexualidad”
Lo que llamaré la invención de la sexualidad americana emerge en la actuancia conjunta de estrategias que construyeron el género y raza para asegurar la adecuada implantación del modelo capitalista a nivel mundial. La separación de estas categorías – género, raza, clase- en los análisis entonces sesgan y/o minimizan los impactos de las luchas transformatorias. Si sólo lucho por “género” –concepto además neutralizado por las maquinarias estatales como someramente mencioné- la lucha es incompleta e invisibiliza, a modo de ejemplo, la hegemonía de la raza del hombre blanco que late en la masculinidad hegemónica y que delimitan en el marco de una democracia sexual nuevas formas de comprender al sujeto, ¡que no son nuevas!, pues resguardan las mismas estructuras de poder. Basta recordar la “generosa” apertura chilena a la diversidad sexual –siguiendo a Leticia Sabsay (2011)- en medio de la rotunda negación a legislar en torno al aborto.
Así planteo que las lesbianas nos transformamos en sujetas al servicio de las políticas de la diversidad sexual (género), liberadas por el nicho comercial que nos inscribe en la marquesina neoliberal (clase), y bajo lo indicado en objeto de un proceso de racialización sexual que nos construye en inferioridad respecto del sujeto hegemónico gay. Rescato entonces el concepto de interseccionalidad como inicio de un proceso de radicalización del pluralismo. Siguiendo a la lesbofeminista negra Ochy Curiel, este “busca capturar las consecuencias estructurales y las dinámicas de interacción entre dos o más ejes de subordinación. Trata de las formas en que el racismo, el patriarcado y la opresión de clase y otros sistemas discriminatorios crean desigualdades básicas que estructuran las posiciones relativas de mujeres, razas, étnicas, de clases y otras”
Así me atrevo a reforzar algunas ideas que se desprenden -no en orden de aparición- de lo que leí y que configuran un primer paso en la concreción de lo que las Ideas sin Género, llamamos -hasta el momento- ciudadanía pluralista radical. Esta debe:
- Aplicar enfoque interseccional en los análisis, de tal manera que se rompa con la practica de separar categorialmente variables de opresión que actúan al mismo tiempo sobre las personas;
- Asumir la importancia de comprender los procesos de construcción de diferencias, lo que implica una vuelta al contexto colonial latinoamericano para comprender los alcances de su expresión en la actualidad;
- Trasgredir, basada en el punto anterior, la focalización de nuestras demandas políticas del ámbito de las consecuencias para incorporar las causas estructurales que les sostienen y preservan;
- Asumir los conocimientos construidos por los distintos entramados políticos latinoamericanos, sobre todo de aquellos ocultos, que no surgen y/o fortalecen sus prácticas al alero de la maquinaria tecnocrática estatal;
- Comprender el carácter de permanente construcción de la noción de ciudadanía para valorar la emergencia de los conflictos que se suscitan al respecto;
- Asumir que el conflicto –“lo político”- siempre estará presente gestando antagonismos vía exclusión de otra. De allí la importancia de democratizar –como primer paso- los espacios políticos en donde se enuncian las relaciones antagónicas;
- Imaginar nuevas formas de institucionalidad que –considerando lo indicado- superen la focalización en el estatus legal de los derechos, que alienten la enunciación de los conflictos, nuevas formas de participación para vitalizar el tránsito democrático de “lo político” y así la solidaridad entre nuestras luchas.
Un proceso de construcción de diferencias en Latinoamérica y El caribe produjo la clase, la raza, el género excluyendo a diversos grupos humanos del ejercicio del poder. Para agotar sus injustos impactos debemos transitar caminos que nos permitan desmantelar el poder que las sostiene. El intento particular de las Ideas sin Género es lo que les he compartido en este Seminario.
Bibliografía
Álvarez Sonia (sin fecha) “El Estado del Movimiento y el Movimiento en el Estado. Disponible en: http://agendadelasmujeres.com.ar/notadesplegada.php?id=1313
Bellucci Mabel / Rapisardi Flavio (2001). “Alrededor de la identidad. Las luchas políticas del presente”. Buenos Aires, Nueva Sociedad Nº 162 pp.41-53
Curiel Ochy (sin fecha) Síntesis y Traducción en castellano del documento para el encuentro de especialistas en aspectos sobre discriminación racial relativos al género de Kimberlé Crenshaw. Universidad de Claifornia, Los Ängeles. Curso “Racismo y articulaciones de género, clase y sexualidad” Grupo Latinaomericano de Estudio, Formación y Acción Feminista-GLEFAS
Espinosa Yuderkis (2008) “Escritos de una lesbiana oscura”. Buenos Aires Edit. En La Frontera.
Fraser Nancy (1997) “Iustitia interrupta: reflexiones críticas desde la posición “postsocialista” Santiago de Chile, Edit. Siglo del Hombre Universidad de los Andes
Lugones, María (2008) “Colonialidad y género”. Bogotá, Colombia Tabula Rasa, Núm. 9, julio-diciembre, 2008, pp. 73-101 Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca
Mendoza Breny (2010) Aproximaciones críticas a las prácticas teórico-políticas del feminismo latinoamericano. Vol. 1 Yuderkys Espinosa Miñoso (coord.). Buenos Aires, En la frontera.
Mogrovejo Norma (2000) “Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con los movimientos Homosexual y Feminista en América Latina” España, Plaza y Valdés.
Mouffe Chantal (1996) “El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical”. Barcelona, Editorial Paidós.
Sabsay Leticia (2011) “Fronteras Sexuales. Espacio urbano, cuerpo y ciudadanía” Buenos Aires, Editorial Paidos.
Zarco Fernando (2009) “Masculinidad y Homoerotismo desde el pensamiento decolonial” Universidad Autónoma de Barcelona
[1] Producido por Toli Hernández